
El proyecto en Kenia introduce una dimensión esencial: la inculturación.
Aquí no basta con trasladar un lenguaje; es necesario que la imagen sea verdaderamente acogida, que forme parte del lugar desde dentro.
La pregunta es directa: cómo representar lo universal desde lo concreto.
La figura se construye desde la cercanía, pero incorporando una sensibilidad que responde al contexto. No se trata de adaptar superficialmente, sino de comprender profundamente.
«La imagen no llega como algo externo, sino como algo que ya pertenece»
En este tipo de proyectos, el riesgo de distancia es alto. Evitarlo requiere un proceso exigente, donde cada decisión se contrasta con la realidad del lugar.
El resultado es una obra que no solo es comprendida, sino vivida.

