
En la Iglesia de San Juan de Ávila, el trabajo se centra en una cuestión esencial: cómo introducir una presencia que sea capaz de sostener el espacio sin desbordarlo.
La arquitectura, sobria y clara, requiere una intervención que respete su equilibrio. En este caso, la relación entre el Cristo y la figura en oración establece un diálogo directo que articula el conjunto.
«La escala, las proporciones y la disposición no son decisiones arbitrarias. La obra tiene que estar, pero no imponerse»
Las figuras se caracterizan por una fuerte presencia humana. No hay idealización excesiva. Los gestos, las posturas, incluso las imperfecciones, contribuyen a generar una sensación de realidad.
Esto permite que quien entra en la iglesia no perciba las imágenes como algo lejano, sino como algo cercano, comprensible.
De nuevo, el proceso previo resulta determinante. Entender el espacio, su uso, su ritmo. Ajustar cada decisión para que el resultado final no sea una suma de elementos, sino una unidad.
El resultado es un equilibrio difícil de conseguir: una presencia clara, pero no invasiva.
Y en ese equilibrio es donde la obra encuentra su lugar.


