
No todos los proyectos nacen de un espacio construido. En el caso de la ermita, el punto de partida es casi el contrario: un lugar natural, abierto, donde la intervención debe surgir con la máxima delicadeza.
«Aquí la pregunta no es cómo llenar un espacio, sino cómo no romperlo»
La propuesta gira en torno a una imagen profundamente silenciosa: una Virgen en actitud recogida, casi suspendida en el entorno. La figura no se impone sobre el paisaje, sino que se inserta en él como si siempre hubiera estado allí. La escala, la posición y la materialidad responden a esa voluntad de respeto.
En este tipo de proyectos, la tentación de "hacer visible" es grande. Sin embargo, la fuerza de la intervención reside precisamente en lo contrario: en su capacidad para pasar desapercibida en un primer momento y revelarse poco a poco.
El proceso no se centra únicamente en la pieza, sino en la relación que establece con el lugar. La luz, la vegetación, el paso del tiempo… todo forma parte de la obra. La escultura no se entiende sin su contexto.
Esto genera una experiencia distinta. No hay recorrido definido, ni un punto único de atención. Cada visitante descubre la pieza desde su propia mirada, en un encuentro casi íntimo.
El resultado es una intervención que no transforma el lugar desde fuera, sino que lo activa desde dentro.



