
En el Colegio Alegra, el encargo de una imagen de la Virgen no se plantea únicamente como una incorporación estética al espacio, sino como una oportunidad para acompañar un proyecto educativo.
Un colegio no es solo un edificio. Es un lugar en constante movimiento, donde conviven edades, procesos personales, preguntas abiertas. La imagen que se incorpore a ese entorno tiene que ser capaz de mantenerse significativa a lo largo del tiempo, dialogando con quienes la miran en cada etapa de su vida.
«La cuestión no era qué imagen colocar, sino qué presencia necesitaba el colegio»
Cómo traducir en una forma concreta aquello que ya forma parte de su identidad, pero que aún no tiene una expresión visible.
El proceso se desarrolla a través de un diálogo continuo. La obra no se define de manera cerrada desde el principio, sino que se va ajustando a medida que se comprende mejor el contexto en el que va a vivir.
La Virgen de Alegra se caracteriza por una serenidad que no es distante, sino accesible. El gesto, la postura, la expresión… todo está pensado para generar cercanía sin perder profundidad. No es una imagen que imponga, sino que acompaña.
Este tipo de presencia resulta especialmente relevante en un entorno educativo. La imagen no está pensada para un momento concreto, sino para convivir con generaciones de alumnos, convirtiéndose en parte de su memoria.
Además, la integración en el espacio es clave. La pieza no se sitúa como un elemento aislado, sino que se incorpora de manera natural al entorno arquitectónico, reforzando su sentido sin romper su equilibrio.
El resultado es una obra que, con el paso del tiempo, deja de percibirse como algo añadido. Pasa a formar parte del lugar, de su ritmo cotidiano, de su vida.
Y es precisamente ahí donde reside su valor: en su capacidad de permanecer.
